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El Salón de las Músicas Perdidas

PERRO

PERRO

Soy un perro.

 

Tu perro.

 

 Como todos los perros puedo ser tu mejor amigo, tu mejor compañía, la sonrisa en tus días tristes, tu cariño si te sientes sola. La mayor parte de los perros tienen la suerte de tener un dueño que los valora, los cuida, los quiere, incluso que se desvive por hacerles sentir felices en todo lo posible.

 

 Yo no. Yo soy un perro de los desafortunados. De los pobres perros que tienen un dueño abusivo, despreocupado, falto de empatía o directamente una bestia con forma humana.

 

 Yo agradeceré cada palmada en la cabeza, cada palabra amable o ligeramente cariñosa, lo agradeceré con toda mi alma. Y cuando me des una patada porque estoy en medio o porque estoy a mano para descargar la frustración creeré de corazón que es culpa mía. Y lo mismo pensaré cuando me des una bofetada, me grites, me insultes, me desprecies, no alimentes mi hambre de un poco de cariño durante meses, me ignores o me eches del hogar que creía haber encontrado al calor de tu alma.

 Me dejarás fuera, en el jardín, sin caseta, bajo la lluvia, en mis peores momentos, atado con una cuerda hecha de recuerdos y de “no te puedo decir lo que pasará en el futuro pero ahora…”, una cuerda me que deja poco movimiento y que aunque intento morder para poder resguardarme bajo un alero, es de hierro porque te has metido en mi alma. Todos hemos intentado arrancarnos un trozo de alma a mordiscos para escapar de la trampa para osos alguna vez, y todos sabemos lo duro que es. Algunos lo consiguen y otros dejan de hacerlo cuando las primeras heridas de mordiscos duelen tanto que te das cuenta que el dolor de perder la pata va a ser peor que el dolor que sientes en esos momentos. Y entonces se quedan, atrapado, sangrando, durante mucho tiempo, hasta que mueren de hambre y sed, lentamente.

 Yo soy de estos últimos. No todos somos perros heroicos de las series de televisión, notados somos fuertes como un San Bernardo, rápidos como un galgo, preciosos como un samoyedo. Algunos somos malas mezclas, perros patada, errores de un criador sin escrúpulos, deshechos de una camada

 Algunos somos perros callejeros.

 

 Y así me oirás gemir a veces, bajito,  atado a mi poste fuera de tu casa, y me ignorarás la mayor parte del tiempo, salvo que te apetezca jugar 5 minutos con el chucho y luego pasar de él porque ya te aburre, hasta la próxima vez, que tardará semanas en llegar. O incluso le tirarás una piedra para que deje de dar la lata, para que te deje ver la televisión tranquila. Y el perro callará durante un tiempo, pensando una vez más que es culpa suya, por querer un poco de esa atención que hace tiempo le dabas y ya no. Y se tumbará en el frío suelo, con ese aspecto de desinflada paciencia que sólo los perros que esperan pueden adoptar, suspirando con los ojos clavados en el suelo. Finalmente el dolor del recuerdo de los abrazos que le dabas, los juegos que tenías con él, las caricias que le dabas, el sol que traías a sus horas grises simplemente con tu compañía, dolor porque los recuerdos son preciosos pero ya no son realidades, se quedaron en el pasado, será demasiado y volverá a gemir y aullar, preguntando “¿por qué?”, preguntando “¿ya no habrá más?”, y volverás a gritarle que se calle, o más probablemente volverás simplemente a ignorarle, ya se callará el pesado del chucho. Y en efecto terminará callando, cuando no haya respuesta a los sms de sus aullidos, a las llamadas telefónicas de sus patéticos gemidos. Esas mismas llamadas y sms que él te hace también porque quiere compartir la alegría de descubrir un nuevo brote en el jardín, un rayo de sol que se cuela por la valla y le calienta la piel, una nube de forma divertida… esas sencillas cosas que a él le hacen feliz y quiere que también te hagan feliz a ti.

 

 Pero ya no hay alegrías compartidas. Ya no hay paseos, es muy cansado, un aburrimiento, tienes otras cosas mejores que hacer, o no mejores, pero da igual. Pasó la novedad. Pasó el cariño inicial. Cambiaste. Hay otros humanos u otros perros más interesantes.

 

 El perro gime pero tú no estás en casa. Y él sigue esperando. Y sigue dispuesto a enfrentar cualquier peligro que puedas sufrir, a dejarse trozos de piel e incluso la propia vida por tu bienestar, a luchar contra tigres y leones y animales que caminan a dos patas por ti, todos ellos más fuertes que lo que el perro callejero puede afrontar, pero lo hará aunque sólo sea por darte unos segundos de ventaja y que no te alcance el dolor o la tristeza. Lo hará porque aunque tú tal vez no recuerdes lo que es quererle, él sigue viviendo el amor que te tiene.

 Aunque no lo merezcas.

 

 Y el perro no estará pensando en escaparse, en encontrar otro dueño. El perro no puede pensar eso, porque su corazón y su mente están contigo. El perro recuerda cómo fuiste y sabe que puedes volver a serlo. Cree en ti. Confía en ti. Los golpes son culpa suya, nunca tuya, porque está claro que es un mal perro. Que debe aprender a ser mejor, que debe leer tu alma y corazón para saber si ahora tiene que dejarte sola, si ahora tiene que estar a la vista para que sepas que está ahí por ti y para ti, si ahora puede acariciar tu mano con su morro. Y si no lo sabe, si se equivoca, la culpa es suya y deberá hacerlo mejor la próxima vez. Pero persevera porque recuerda como era las sonrisas que le dedicabas, tan bonitas, que llenaban su alma de luz, y quiere volver a sentirlas y sabe que están dentro de ti y quiere ayudarte a brillar otra vez y bañarse en esa luz y ser feliz de nuevo.

 

 Que perro más egoísta, que quiere que brilles para sentirse bien. Que quiere que seas feliz para ser feliz él. Que no puede simplemente dejarte estar como quieras estar, aunque seas desgraciada, aunque llores, aunque te sientas sola.

 

 Al perro hay que enseñarle. Enseñarle a no tumbarse en tu cama. A no vegetar en tu sofá. Enseñarle que no puede morder lo que quiera, cagarse donde sea, comerse lo que no es para él. Enseñarle a tener paciencia, a no aullar constantemente, enseñarle que tienes una vida aparte de él, que debes trabajar, salir, divertirte, tener tus momentos de soledad voluntaria. Es normal, es lógico, tu perro no puede convertirse en una obsesión, en el centro de tu vida. Es correcto. Tú eres humana y él es un perro.

 

 Pero el perro es tu amigo y no te portas con él como si lo fuera. De hecho terminas tratándolo peor que a alguien que te grita, que te hace llorar, que te hace sentir mal. Terminas tratándolo peor que alguien que conoces desde hace 5 minutos o que alguien con mejor aspecto. Tu perro era tu compañía, tu amigo, una parte más de tu vida. Pero ahora el pelo que se le cae te parece asqueroso, darle de comer cada día te da pereza, te fijas más en su nariz mocosa y sus babas en la comisura del hocico y te da incluso un poco de asco.

 

 Ya no es sólo que no le dejes entrar en casa. Es que si desapareciera de repente, puf, abducido por alienígenas, robado, escapado… sería lo mejor, así no tendrías que preocuparte por el ruido que hace y el chispazo de culpabilidad que tal vez sientes muy adentro de ti al oírle a lo lejos. O cuando pasas cerca de donde está atado y el alza las orejas, expectante, moviendo la cola un poco más rápido cada vez, esperanzado porque ese tal vez es el día en que vuelves a dirigirle una palabra amable o le rascas entre las orejas un segundo y le ves de reojo y tratas de no verle de reojo y sigues tu camino y entras en casa y el vuelve a tumbarse, pesaroso, decepcionado, pero con la esperanza aún anidad en su corazón.

 

 Ojala desapareciera ese perro, no sabes siquiera por qué lo compraste. Ya no recuerdas por qué lo hiciste.

 

 Y ahí está y sigue el perro, sintiéndose cada día un poco más viejo y más cansado. Pero ahí sigue, hasta que acaban sus días. En tu jardín.

 

 Atado a tu poste.

 

 

 Y este perro quisiera a veces ser como tú, una gata. Con lo peor que tienen los gatos a veces. Con esa capacidad para no necesitar a nadie, para poder tumbarse en el regazo del dueño ahora y a los dos minutos irse porque ya bastó, ya cansó de las caricias, ahora déjame en paz que me voy a mis cosas de gato. Y no me sigas. Y si no me quieres volver a acariciar me da igual, ya encontraré a alguien que lo haga. O si ahora me tocas y yo no quiero o no lo haces como yo quiero te haré sangrar con mis garras o me escaparé donde no puedas volver a intentar tocarme. Porque yo no cedo nunca, soy un gato malo. Te fascino y lo sabes. Deseas quererme aunque a veces no entiendas por qué. Puedo romper tu ropa, mearme en tus zapatos, vomitar en tu alfombra pero seguiré yendo donde me dé la gana, sea tu casa o el jardín o donde sea. Iré y vendré. No me verás en todo el día a menos que tenga hambre y a veces ni eso porque hay otros lugares donde puedo ir a comer y otras cosas que puedo comer. Ahora restregándome contra esta pierna y ahora contra esta otra. Y son sólo piernas, no tienen corazón, qué más me da que quieran mi cariño, lo importante es lo que yo quiero y necesito. Y será cuando yo quiera.

 Oye que no pasa nada, ¿no quieres un gato, no quieres a este gato? Pues nada, deja la puerta abierta, encontraré donde estar, para mi un callejón es válido, vivo el momento, no pensaré en la comida hasta que tenga hambre y entonces me las arreglaré. En realidad sólo me necesito a mi mismo, llego a lamerme a mi mismo a casi todas las partes de mi cuerpo. Y a las que no llegó, la naturaleza me dotó de una flexibilidad suficiente para encontrar donde rascarme. No me acercaré a nadie para que me rasque o me cure, ya me rasco y me curo sólo. Y si no, pues nada. La vida sigue. No necesito nada que no pueda conseguir. Y lo que no consigo es que no vale la pena.

 

 

 Este perro no es un gato. Es un perro. Y aunque le gusten los gatos, nunca será un gato. El perro sabe que es un perro, no un pájaro o un humano.

 

 Es un perro. Y es tu perro. Sigue siéndolo.

 

 Y sigue gimiendo en su poste, lejos de tu sofá. Pero bajito. Y sólo a ratos. Para no molestar mucho.

1 comentario

José -

Sublime, como siempre!